22.1.13

Siglos de Oro


Hace muchos años, en España se dieron de forma paralela dos procesos muy distintos: por una parte su punto álgido en las artes (el Siglo de Oro), y por otra su punto álgido en lo político y lo militar (el Imperio donde no se ponía el sol).

El comienzo de ambos procesos suele datarse en 1492; para lo cultural, porque en ese año se publicó la Gramática Castellana de Nebrija, y para lo político, porque… bueno, la historia ya la conocéis: los reyes católicos unifican España, Cristóbal Colón se topa con América, el Gran Capitán (no el del queso, el otro) se lía a vencer batallas en Francia y en Italia, y finalmente Juana la Loca y Felipe el Hermoso se casan y su hijo Carlos hereda medio mundo. Conclusión: España está que se sale.

Pasan los años, y a caballo entre el siglo XVI y el siglo XVII la misma España comienza a dar muestras de agotamiento, de fin de ciclo político: la enquistada e inútil guerra de Flandes, la mala gestión de las colonias ultramarinas, la incompetencia cada vez mayor de los monarcas, el descuido de los tercios y de la marina, la disminución de influencia diplomática en favor de países “emergentes” como  Inglaterra o Francia, la pésima inversión del oro indiano… un desastre, vamos.

Sin embargo, el mismo período de tiempo contempla a la mejor generación de artistas que ha dado este país, un grupo heterogéneo que logró llevar a la cúspide el arte hispano: Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope o Calderón a la pluma; El Greco, Velázquez o Zurbarán a los pinceles; Herrera a la plomada. La incesante marea creativa de los siglos anteriores rompió finalmente en una ola de artesanos que, a partir del carácter propio y de beneficiosas influencias exteriores, produjo una buena cantidad de Arte con mayúsculas, el cual se extendió a su vez por el resto del continente.

España era, en definitiva, un imperio que comenzaba a apagarse política y socialmente, mientras que culturalmente brillaba con luz propia; pues no sé si será porque al ser humano le gusta tropezar dos veces en la misma piedra, y a los países, dirigidos por humanos, también, pero una cosa es evidente: España está repitiendo la historia.

A un nivel distinto, claro está: lo que se derrumba ahora no es el imperio, sino el país, y la corriente artística que asombra al mundo es… en fin, es el fútbol.

El punto de partida es parecido, vayamos al año 2002: económica y políticamente, España es una nueva potencia a tener en cuenta, con un crecimiento apreciable basado no en la conquista militar, sino en el turismo, la construcción, la pequeña empresa y el consumo interior; en lo futbolístico, el Real Madrid se ha hinchado a ganar Copas de Europa, y la Selección Española juega bien y para ganar, aunque pierde frente a Corea del Sur en la Copa del Mundo (con la ayuda, eso sí, de dos goles legales que fueron anulados). Es como allá por el siglo XVI, solo que en lugar de las minas de Potosí tenemos la recalificación de suelos, y en lugar de a Garcilaso de la Vega tenemos a Raúl González.

Avancemos a 2006: España produce euros y empleo a un ritmo igualmente elevado y, al igual que ya hubiera hecho en lo artístico a finales del Renacimiento, iguala a Italia como potencia mundial. Sin embargo, hay ya muchas voces que advierten de una posible hecatombe. De vuelta a la pelota, el FC Barcelona gana su segunda Champions, y la selección cae frente a Francia en el mundial de Alemania, pero no sin antes haber desplegado un fútbol que nos sorprendió a todos. La ola está a punto de romper de nuevo.

Y llega 2008, ese año memorable, alegre, lleno de luz y de color. ¿Os acordáis? Quiebran Lehman Brothers y un montón de aseguradoras; todos los bancos del mundo y algunos de Marte dicen que necesitan inyección de fondos; sube el petróleo; la gente tiene miedo a un invierno nuclear (o a que los camiones dejen de circular, no me acuerdo), y agota el papel higiénico en todos los supermercados… es como el Tratado de Westfalia, el comienzo del fin: se acaban los créditos y la concesión de hipotecas, las obras se detienen, el paro comienza a subir, llegó el Apocalipsis y yo con estos pelos.

Sin embargo, ahí estaban Cervantes, Quevedo y Velázquez para sacarnos de la depresión: reencarnados en Xavi Hernández, Iker Casillas y Andrés Iniesta, dirigieron a la selección en su primera victoria internacional, la Eurocopa de Austria y Suiza. Bueno, no fue la primera, pero las olimpiadas no son lo mismo, y dado que para la mayoría de nosotros la anterior victoria europea es una foto borrosa en blanco y negro, me permito la licencia.

El caso es que ahí estábamos, empezando a descomponernos como país, y dejando al mundo patidifuso con un fútbol que ninguna selección había practicado en muchos años, quizá desde la Naranja Mecánica holandesa. Por si esto fuera poco, en el mismo 2008 el FC Barcelona empieza a hacer historia practicando a su vez un fútbol moderno al que nadie sabe oponer resistencia. España se va a pique, pero España mola. Nada nuevo.

Llega 2010, y la crisis es más que un hecho. Si bien seguimos llenando los bares, a ninguno de nosotros le falta un amigo o un familiar en paro, y en cada pueblo ha cerrado por lo menos un comercio. Entran en nuestras vidas términos nuevos y entrañables como troika o prima de riesgo, y vemos como Europa ha pasado de ayudar a Grecia en su lucha por la libertad, a enterrarla en vida con la razonable excusa de bajar su déficit.

En fútbol, sin embargo, no hay quien nos tosa: el Barça sigue despertando admiración y ganando títulos. La selección, por su parte, consigue (esta vez sí por vez primera) hacerse con un Mundial, y encima como a nosotros nos gusta: frente a viento y marea, ante adversarios que no pelean en buena lid, sino que esperan atrás haciendo el partido aburrido, o que directamente se lían a patadas y golpes de kárate.

El fútbol nos une. La crisis no tanto, porque hay españoles que la sufren, y españoles que la aprovechan, pero el fútbol ha logrado algo impensable en nuestra querida Spain, y es que un jugador, en este caso Iniesta, se retire de todos los campos del país entre aplausos. De hecho, el fútbol ha logrado algo más brutal aún, y es que al mismo Iniesta se le considere generalmente un triunfador, y aún así no se le envidie por ello, algo realmente inédito por estos lares.

Concluyo con el 2012, porque el 2013 es una incógnita: durante 2012 han ido ocurriendo todas las desgracias que uno quiera nombrar, desde la derrota de la Armada Invencible hasta la independencia de los Países Bajos, pasando por Carlos II El Hechizado y la expulsión de los moriscos: paro galopante, bajada o congelamiento de salarios y pensiones, protestas blancas, verdes y multicolores, abusos policiales, corrupción y pusilanimidad por enésima vez al descubierto… ¿pero en fútbol? En fútbol la salud del país no podría ser mejor, ya que no solo el Barça sigue siendo el mejor club del mundo, contestada su tiranía por otro español, el Real Madrid, sino que la selección ha vuelto a ganar la Eurocopa, completando un triplete histórico, y encima metiéndole cuatro a Italia, el vecino poderoso. Lo dicho, Siglo de Oro.

El problema es, claro, que esto no puede durar; no lo digo en plan agorero, sino fijándome en cómo la historia se repite. Si así sigue ocurriendo, a nivel político lo próximo que toca es prácticamente la invasión napoleónica, por ponernos un poco catastrofistas, y a nivel cultural… al Siglo de Oro le siguieron ciento cincuenta años de rara vez interrumpida oscuridad, hasta que gente como Larra, Bécquer o Galdós abrieron definitivamente las ventanas.

De igual manera, el fútbol español aguanta ahora como puede, pero un sistema basado en la especulación económica y la preponderancia de los dos grandes clubes (todo esto también muy patrio) no puede durar eternamente, y si no hay euros, difícilmente habrá escuelas que sigan puliendo con paciencia a los nuevos futbolistas españoles, siempre criticados hasta que hay que rendirse a la evidencia de que son buenos (que le pregunten si no, por ejemplo, a Xavi Hernández).

Dediquémonos pues a disfrutar de nuestro Siglo de Oro, porque es posible que pronto llegue un nuevo y anodino siglo XVIII en el que, salvo honrosas excepciones, del tiqui-taca se pase al patapúm-parriba.



2 comentarios:

  1. Me ha gustado el recorrido histórico y cultural de España del siglo de Oro a la actualidad. Con todo, hay algo que no acabo de comprender y es que el fútbol se pueda equiparar a cultura. Siguiendo el paraleliso histórico de política y cultura, creo que hay en los soglos XX y XXI suficientes muestras culturales más importantes que el fútbol.

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  2. Querido tocayo, me alegro de que te guste. Coincido contigo en que hay más muestras culturales en nuestra época, de hecho opino que el siglo XX de Lorca, Dalí o Buñuel fue un nuevo Siglo de Oro.

    En cuanto al fútbol, no lo equiparo a la cultura, es que para mí es parte de la cultura, como cultura fueron el juego de pelota azteca o las olimpiadas griegas; es una manifestación del ocio y de la colectividad de nuestra época, y va más allá del mero entretenimiento, aunque su imagen (y la excesiva trascendencia que le otorgamos) lo disfrazan de simple espectáculo.

    ¿Poner el fútbol al nivel de Velázquez o Quevedo? En fin, ahí está la licencia irónica que me tomo para escribir el articulillo, dices con razón que cada cosa tiene su lugar; sin embargo, pienso en el éxtasis que puede provocar una pieza de Mozart, y en el éxtasis que provocó el gol de Iniesta, y no veo una diferencia abismal en la función de ambas creaciones.

    Y pasando a lo personal, te diré que al ser el Retard Brother que más tarde ha llegado, aún no conocía tu blog, y me estoy dando a la tarea de leerlo ahora. ¡Feliz año para ti también!

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