8.11.12

Formas de acabar con la humanidad: ¿podría una guerra nuclear exterminarnos?

¿Qué es realmente la guerra nuclear? Es algo que, afortunadamente, el mundo nunca ha vivido, y sobre lo que sólo podemos teorizar. Se trata de una guerra hipotética, entre dos o más naciones, en la que se utilizarían eventualmente armas termonucleares, el arma de destrucción masiva más poderosa y dañina que se conoce.

En la actualidad sólo existen dos casos de uso de este tipo de armas contra objetivos estratégicos en un conflicto armado. Son las tristemente conocidas bombas de Hiroshima y Nagasaki, lanzadas por la aviación estadounidense los días 6 y 9 de agosto de 1945 respectivamente. 


En Hiroshima, se cree que entre 70.000 y 120.000 personas murieron instantáneamente por efecto de la explosión, y unas 70.000 resultaron heridas. Más de 300.000 sufrieron los efectos de la radiación posterior y los efectos adversos en el medio ambiente. Además, se estima que 9 de cada 10 médicos y enfermeras murieron en la explosión, al encontrarse concentrados en los hospitales del centro de la ciudad. Fuentes japonesas afirman que casi el 70% de las estructuras de la ciudad quedaron arrasadas, y casi un 10% en peligro de desplome. En Nagasaki la catástrofe fue un poco menos terrible, debido a una serie de coincidencias con la nubosidad y los vientos de aquel día aciago. Aún así, el saldo de muertos por el impacto asciende a entre 40.000 y 75.000, y a finales del año 1945 ya había 80.000 fallecidos oficiales, por efectos directos o indirectos de la explosión. 

A mí personalmente, me repugna y me resulta atroz siquiera pensar que un dispositivo así ha salido de la mente de un ser humano, y más aún pensar que fue un humano (el presidente Truman) quien ordenó que se lanzaran e incluso amenazó con lanzar muchas más si Japón no se rendía. No debemos olvidar que la inmensa mayoría de los que murieron fueron civiles inocentes, de entre los cuales muchísimos eran mujeres y niños. Pero, incluso aunque los ataques sobre Japón fueron terribles, la humanidad aún no ha visto toda la destrucción que podrían llegar a desatar las bombas nucleares.


El temor a una guerra nuclear es algo que estuvo muy presente durante toda la Guerra Fría, y es un temor que aún existe, si bien ha quedado algo latente tras el tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963, y más tarde el Tratado de no Proliferación Nuclear de 1968. De todos modos, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU se reservaron el derecho a poseer legalmente armas nucleares (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China y Rusia) dando incoherentes motivos. Además, India, Israel y Pakistán rechazaron el tratado en su día, mientras que Corea del Norte renunció a seguir formando parte de él en 2003. Esto ocasiona tensiones entre los países y miedos en la población civil de todo el planeta, sobre todo tras los recientes ensayos de Corea del Norte con misiles balísticos. No debemos olvidar que las armas nucleares que existen hoy en día, las conocidas como bombas termonucleares, son entre 45 y 50 veces más poderosas que las bombas lanzadas sobre Japón. 

Una guerra nuclear a gran escala, ocasionada por el ataque con bombas termonucleares sobre un país que también las posea (no como en el caso de los ataques de Estados Unidos a Japón en 1945) y que responda con la misma fuerza, podría tener consecuencias irreversibles sobre el planeta. Los principales núcleos de población de la Tierra desaparecerían. Si atendemos a los hechos del pasado, es lógico pensar que las bombas caerían sobre ciudades, donde la mayor parte de las víctimas serían civiles inocentes, como suele pasar con las guerras. Después de la explosión, una bomba termonuclear esparce radiación en un área de varios cientos de kilómetros, lo que tiene un impacto medioambiental desastroso, y que perdura décadas. Las ciudades de Hiroshima y Nagasaki aún sufren los efectos de la radiación de bombas primitivas después de 67 años. ¿Qué podrían hacer las armas nucleares de la actualidad?


Si se lanzaran las suficientes, no tardarían en desaparecer las principales infraestructuras de las grandes naciones del planeta. Redes de transportes de bienes y personas y sistemas de comunicaciones quedarían destruidos o inservibles; aeropuertos, estaciones, muelles, todos los grandes núcleos metropolitanos, autopistas y carreteras e interminables kilómetros de tierra cultivable quedarían arrasados a cenizas. Tras un tiempo, las bombas dejarían de caer y el reloj de la civilización se detendría. Entonces vendría la peor parte. Los supervivientes, presumiblemente escasos, tendrían por delante un infierno radiactivo al que hacer frente. Con la mayor parte de la flora del planeta extinguida, no quedaría sustento para los animales, con lo que la cadena trófica se rompería de manera dramática. Además, los efectos de la radiación transportada por el aire y las corrientes marinas debilitaría a las personas y las haría más propensas a sufrir enfermedades como el cáncer, además de volverlas paulatinamente estériles. Incluso aunque consiguieran procrear, sus hijos sufrirían enfermedades genéticas de tipo degenerativo así como todo tipo de espantosas mutaciones. El número de personas sanas sería tan reducido que no habría suficiente diversidad genética para recuperar la especie.

Quizá el escenario más aproximado a cómo sería en la realidad un invierno nuclear de dimensiones planetarias nos lo mostró la estremecedora película de John Hillcoat The Road (2009). En ella, los supervivientes a la guerra se habían visto obligados a recurrir al canibalismo sistemático como medio de subsistencia, al haberse extinguido todas las especies vegetales y casi todos los animales del planeta, así como países, gobiernos, y por supuesto toda infraestructura anterior a la guerra, volviéndose a una especie de comunidad tribal de cazadores-recolectores. En la cinta, a los humanos sólo les quedaba esperar una muerte no muy grotesca, pues la especie estaba ya abocada a la extinción. 


Otra posibilidad, si bien algo fantasiosa, es la que narra la saga de videojuegos Fallout (Fallout, 1997, Fallout 2, 1998, Fallout 3, 2008). En ella, diversos grupos de humanos habrían sobrevivido al invierno nuclear pasando varios siglos recluidos en refugios antinucleares subterráneos construidos por una empresa privada que se habría enriquecido durante el marco de la Guerra Fría. Varias generaciones habrían nacido, vivido y muerto dentro de dichos refugios, esperando a que la radiación de la Tierra bajase a mínimos viables para la vida humana. Algo así podría ser realista, no sin ciertas licencias. Los refugios podrían construirse en puntos especialmente elegidos cercanos a acuíferos muy abundantes, y estos podrían protegerse de la entrada de agua radiada procedente del exterior. Incluso podría concebirse la idea de extraer agua de los desechos humanos mediante algún sistema aún en desarrollo. No es tan realista otra idea que el juego propone; centenares de humanos habrían sobrevivido fuera de estos refugios, viviendo y procreando en el exterior sin sufrir problemas de salud. Muchos otros se habrían transformado en horribles mutantes o adquirido poderes extraordinarios, lo cual es menos posible aún si cabe. Pero la idea de los refugios sí que podría ser, de darse las condiciones adecuadas, y quizá sería la única manera en la que la humanidad podría plantearse superar el invierno nuclear y recuperar la especie.


Sea como sea, la respuesta a la pregunta de si podría una guerra nuclear exterminar realmente a la especie humana es, sin duda, sí. Podría y no es descabellado pensarlo. Hacen falta muchas menos bombas de las que creemos para acabar con el futuro de la humanidad de forma indirecta, ya sea por cambios dramáticos en el ecosistema global o por efectos de la radiación. La pregunta que debemos hacernos es: ¿podría realmente llegarse a eso? Para mí está claro. Ya el propio Einstein, cuando le preguntaron sobre la Tercera Guerra Mundial, contestó que no sabía que armas se utilizarían en ella, pero que en la Cuarta se utilizarían palos y piedras. La especie humana es bárbara y belicosa por naturaleza, miles de ejemplos históricos lo prueban. Ya hemos estado a un paso del holocausto atómico en más de una ocasión, y todavía hoy es lo único que hace falta, un solo paso. Quizá deberíamos presionar más a los gobiernos que aún poseen armas nucleares para que renuncien a ellas de una vez, como un primer avance a un hipotético, aunque deseable, armisticio internacional definitivo. Mientras haya armas, siempre habrá hombres con el dedo sobre el botón deseando utilizarlas.

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